El artista Omar Jerez (Granada, 1980) presenta su nueva obra en formato doble: un vídeo y una carta dirigida a Arnaldo Otegui.

Bajo el título “El tiempo de las luces del Nelson Mandela vasco”, Omar Jerez apunta de nuevo a ETA y su sanguinaria historia, pero centrándose en un aspecto de extrema crueldad. En la tenebrosa trayectoria de la banda criminal hay 24 niños que murieron en sus atentados , un hecho que lamentablemente no es demasiado conocido, y que el creador ha querido reflejar en la pieza de vídeo que se adjunta. Una cifra desoladora que segó para siempre la inocencia de aquellos menores que estaban llenos de sueños y sonrisas. La obra audiovisual nos muestra a una niña que juega en un parque, confiada, hasta que un coche de juguete (cruel metáfora) se convierte en su sentencia de muerte. Un nuevo puñetazo al estómago de la conciencia radical, como ya hizo al pasearse como si hubiera sufrido un atentado y llevando un cuerpo a modo de cadáver por las zonas más extremas del  abertzalismo radical o cuando se encerró durante dos horas con ocho neonazis en Berlín.

La otra parte de la obra artística es una carta dirigida a Arnaldo Otegui (también se adjunta en este correo), cabeza visible del  brazo político de ETA. . De hecho, el título de la pieza es el del libro-entrevista que Fermín Munarriz  publicó tras varias conversaciones con el encarcelado, mostrando (o pretendiendo mostrar) una imagen de hombre paz, de consenso y dialogante. Incluso algunos colectivos radicales  propusieron su nombre como candidato a Premio Nobel de la Paz (cruel ironía), como si fuera un nuevo Nelson Mandela.

La realidad, que se escucha perfectamente en la pieza de vídeo adjunta, es que ante una pregunta de la jueza Ángela Murillo en la que le pide si condena el terrorismo y la violencia de ETA, Otegui responde que no va a contestar esa cuestión. El que calla otorga, dicen.

Omar Jerez sigue destapando verdades sobre el terrorismo que asoló España durante cuarenta años. Eufemismos como el “conflicto vasco” servían para eludir una realidad demoledora: una banda criminal asesinando y extorsionando a ciudadanos, dejando viudas, huérfanos y, como se destaca en esta pieza audiovisual, padres y madres desolados al saber que su hija o hijo había sido alcanzado por la explosión de un cobarde coche bomba en una plaza de su ciudad. Hasta describirlo duele, afirma el artista.

La tesis del artista granadino es clara: con 858 muertos en la mesa, 24 de ellos menores, no hay posibilidad de olvido ni consuelo. Que ahora los asesinos hayan dejado de matar no es óbice para recordar (y recordarles) el reguero de sangre que llevan en sus manos y en su conciencia. Y según Omar Jerez, el arte debe servir para removernos por dentro, de la manera que sea. Su camino es ponerse delante de los totalitarismos, del “o conmigo o contra mí”, sin otras herramientas que su arte y su discurso.

Esta pieza y esta carta merecen ser difundidas. Hace falta que el arte demuestre su cercanía con los problemas del tiempo que le ha tocado vivir. Es mandatorio no arrinconar a las víctimas y más, como en la pieza de arte que nos ocupa, cuando son niños y niñas que jugaban, paseaban o esperaban para cruzar una calle. Cada muerto es una tragedia, cada entierro un motivo más para despreciar a los asesinos, tristes encarnaciones del pensamiento más intolerante de nuestra historia reciente. Ninguna idea necesita derramar sangre. Si se hace, es porque importa más la sangre que la idea.

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