Javier Garcerá
Y en mi jardín

Viernes 2 julio 2021, 20 h

En 1533, Hans Holbein el Joven pintó una obra conocida como Los embajadores, que hoy se conserva en la National Gallery de Londres. En 1958, durante el transcurso de uno de sus seminarios, el psicoanalista Jacques Lacan se refirió a esta pintura para hablar de ese objeto extraño, oblicuo, que aparece en primer plano, delante de los retratados. Como se sabe, dicho objeto es la anamorfosis de una calavera, que solo recupera su posición “correcta” al ser observada desde un extremo de la tabla: “Veremos entonces –dirá Lacan– dibujarse a partir de ella [la mirada], no el símbolo fálico, el espectro anamórfico, sino la mirada como tal, en su función pulsátil, esplendente y desplegada”.

Recordé esta cuestión acerca de la mirada mientras reflexionaba, para llevar a cabo este escrito, acerca de Javier Garcerá. Él también ofrece al espectador un despliegue de los sentidos, aunque, a diferencia de Holbein, no busca restituir la forma. En sus obras, la luz provoca que la excitación óptica se expanda hacia numerosos frentes, pero también que la representación se diluya en lo inasible. Para acceder con solvencia a estos trabajos, hay que deponer la mirada alienada y digitalizada, aquella que devora con avidez todo lo que se le ofrece. Es necesaria una percepción distinta, capaz de conquistar un sentido propio de la experiencia y traer al presente la toma de conciencia de aquello que estamos viendo. 

En sala, contemplamos la sensorialidad de la seda y la contundencia de lo monocromo, con tonos rojos, negros y verdes. Si nos aproximamos, vemos emerger una imagen entreverada, llevada a cabo con pinceladas que se camuflan en la seda, o bien con pequeñas erosiones en el tejido. Cuidadosos procedimientos que invocan tanto las posibilidades de lo visible como de lo invisible. Se trata de una exquisita labor de “dibujo”, si entendemos esta disciplina como lo hizo María Zambrano, para quien el dibujo era de esas cosas que, “si son sonido, lindan con el silencio; si son palabra, con el mutismo; presencia que, de tan pura, linda con la ausencia; género de ser al borde del no-ser”. Así, entre el detalle que se revela y la representación que se pierde, existe un estado liminal que pone en juego la subjetividad del espectador.

Ese estado liminal es una constante en las sedas de Garcerá, con formas que nos eluden con la misma facilidad que las vislumbramos. Son habituales las letras, las palabras y las frases, pero estas no se limitan a expresar ideas, sino que procuran un ensanchamiento perceptivo, donde surge el anhelo de ver, y no solo de leer. También son recurrentes las imágenes pictóricas de flores y plantas, y mientras elaboramos mentalmente el mapa del jardín, una parte del terreno va desapareciendo de nuestra visión. 

En algunas composiciones, el desorden de la naturaleza se contrapone con el ornamento geométrico, un elemento consolidado en las distintas culturas través de lo que Ernst Gombrich denominó «la fuerza del hábito», cuyo origen estaría en la necesidad de orden espacial en nuestro entorno. Este orden, inestable bajo efectos de la luz, se repite en las celosías dispuesta en los ventanales de la galería, y que evocan las del estudio de Garcerá en Madrid. Un espacio, este último, donde la razón poética funciona como mediadora entre el proceso técnico y la reflexión: así lo reflejan las piezas que hacen referencia a su biblioteca personal, con títulos que miran con atención hacia el pensamiento de Oriente. 

Si invertimos energías en el cultivo de la tierra, obtendremos algo a cambio. Lo mismo ocurre con la mirada cuando se enfrenta, sin prejuicios, con la obra de arte. En su interés por ensanchar el alcance de nuestros sentidos, el artista incorpora también lo sonoro: un bolero interpretado por Ibrahim Ferrer emerge de una peana, donde reposan dos representaciones de sendos libros del poeta François Cheng, dedicados a meditaciones sobre la belleza y sobre la muerte. 

La exposición se despliega ante nuestros ojos como una coreografía abierta, donde cada cuerpo configura su manera de ejecutarla. El ritmo lo activa la aprehensión del instante, el reconocimiento de la forma y el recuerdo inexacto. Luego, fuera de la galería, ya habrá tiempo para rellenar los vacíos y de pensar con racionalidad. Dentro, nos situamos en el lugar de la incertidumbre, en el punto de conflicto, en el corazón de la duda. No es necesario resolver ningún enigma, sino demorarse en los desvíos, en el movimiento, en las zonas de luz y de sombra. Es ahí donde surge la verdadera “experiencia estética”, aquella que hace de la vida, a través del arte, algo más interesante que el propio arte.

Carlos Delgado Mayordomo
Crítico y comisario de exposiciones