Los sueños de Dante JM

Los sueños de Dante

 

Daniel Cuberta, Federico Guzmán, José Luís Valv

 

El acto de pensar en la muerte presenta cierta sugestión hacia la idea del abismo, el vértigo y la angustia bajo la sospecha intelectual de que posiblemente no exista ninguna trascendencia post mortem. Desde los inicios, ha sido objeto de preocupación como ineludible y perturbador destino de nuestra especie y ha estado vinculada a los giros privativos de cada cultura, su religión, sus creencias y su idiosincrasia.

 

Distinguimos, a vista de pájaro, dos hitos históricos que en occidente son fundamentales para abordar el tema de la muerte. De un lado, el Barroco y el pensamiento que deriva del calvinismo holandés, desencadena la idea del Tempus Fugit y de que somos materia transitoria a la que lo terrenal corrompe, omnipresente en la literatura del momento a través de obras como La cuna y la muerte de Quevedo o Discurso de la verdad, de Miguel de Mañara, y en la pintura de Vanidades.  Por otro, el Romanticismo, y su interés de búsqueda de belleza en el descanso eterno, que evoluciona en adelante hacia un hedonismo vital, que, pasado por el catalizador de la razón, es diseccionado escrupulosamente por personajes de ficción como Dorian Grey o el Marqués de Bradomín.

 

La postmodernidad, en consonancia con su propio devenir, ampara actos que carecen de importancia y relativiza argumentos capitales en pro de abanderar una inteligencia irreal que se basa en el dominio de nuestro propio yo por encima de lo fortuito. Esta idea subyace en la exposición, a través de la que se analiza la visión actual sobre este fenómeno como un posible tercer hito que se está produciendo en relación con los cambios sociales vinculados a este momento.

 

Este recurrente y perturbador objeto de reflexión se materializa, a través de la exposición, como la cristalización de una actitud moderna ante el momento decisivo, utilizando obras de artistas que a través de su trabajo desgranan una visión positivista del Memento mori, una secuencia temporal del tránsito, de una muerte vista desde un prisma contemporáneo.

 

En la visión de estas distintivas fases, José Luis Valverde (Málaga, 1987), ocupa el primer estadio, representando la creencia, con una pintura que alude al gnosticismo y la vanidad, el pensamiento del que aún vivo, temeroso y resignado, afronta el fatal desenlace. Sus bodegones florales aluden a lo caduco, sus esqueletos a la muerte, y sus Visiones de San Pedro, a la esperanza en la posible existencia de la Jerusalén Celeste.

Como postulan las históricas Danzas de la Muerte, su pintura se torna en meditación sobre la finitud de la vida, el último arrepentimiento y la postrera ilusión estigmatizada por “la corrosión inevitable de la vida”, como expresa Keats en su Oda a una Urna griega.

 

En la segunda fase de esta visión actual del camino al tránsito definitivo, describimos la profecía, materializada en la exposición con la obra de Judith Samen (Gladbeck, Alemania, 1970).  En su trabajo se refleja la convicción de que transcurrimos hacia lo caduco y, por tanto, el devenir del paso del tiempo. Sus acuarelas tituladas “Never realized animation” son fotogramas de una acción que no ha ocurrido, una especie de condensador de una narrativa que se vislumbra a un solo golpe de vista, y en la que se tantea cierto carácter de desenlace, casi mesiánico. Ocurre de igual modo con su obra fotográfica, en la que existen rasgos estéticos y paralelismo temático con la pintura holandesa del XVII.

La obra de Daniel Cuberta (Sevilla, 1972), por su parte, es reflejo de este tiempo y sus necesidades. Sus vídeos ponen de manifiesto el tercer aspecto del proceso a tener en cuenta: la actitud. Sus videos expresan deleite ante la vida, focalizándose en cuestiones vinculadas a la muerte a través de metáforas como el ocaso, el discurrir o el final optimista de las cosas. Aborda el devenir sin la preocupación platónica, y el autodesprecio como síntoma de la falta de autocontrol. Es una forma de banalizar la existencia, como hicieron en el romanticismo autores como Keats o Baudelaire.

La acción en cuestión, está encarnada por la plástica de Santiago Ydáñez (Puente de Génave, Jaén, 1969), que representa explícitamente la muerte y su simbología a través de su pintura. El perro y el jilguero, como animales asociados a la mitología del más allá, las exequias o la putrefacción de los cuerpos reflejan la vileza con la que el deterioro se ensaña con un cuerpo vencido y la necesidad humana de ritualizar lo incomprensible. Su obra representa la definición directa y nimia de la muerte, como la representara Emily Dickinson, Terry Pratchett o León Tolstói, quienes nos recuerdan que después de existir, no somos más que olvido.

 

Por último, en este camino, se da la fase relacionada con la trascendencia que se pone de manifiesto a través de la obra de Federico Guzmán (Sevilla, 1964). El ser humano tiene intención de trascender, y esto es algo vinculado a lo espiritual y lo sensitivo. Con su trabajo, estudia las posibilidades experimentales de la idea de “ser yo sin yo”, y lo hace a través del ensayo con plantas hacia la producción del tomacum, pharmakon embriagante y sanador, de la transformación con su obra Mariposa de fuego, y el amor, con su escultura de la mandrágora que representa a dos amantes abrazados.

 

Octavio Paz afirmó que el amor no vence a la muerte, pero la hace parte de la vida al proponer amor eterno como posibilidad y como trasgresión del aquí y el ahora, y en este sentido, abordarla desde una óptica desmitificada es, al fin y al cabo, extensión y reflejo de nuestros días.